El control que nace del miedo

Has organizado algo y, aun así, sigues repasándolo. Qué podría salir mal, qué harías si ocurre, qué falta por comprobar. Incluso ensayas la conversación que tendrás después. Y cuando parece que ya está todo previsto, aparece otra cosa que también necesitas resolver.

A veces tenerlo preparado da tranquilidad. Lo difícil es cuando esa tranquilidad depende de que nada quede abierto: una respuesta pendiente, una tarea que has delegado o una decisión que todavía no puedes tomar.

Más que preguntarte «¿cómo dejo de ser controladora?», quizá te ayude detenerte en otra pregunta: ¿qué intento conseguir cuando necesito tenerlo todo controlado?

Organizar puede ayudarte; necesitar garantizarlo todo, agotarte

Planificar un viaje, preparar una reunión o comprobar una fecha puede ser muy útil. Organizar te permite hacer lo que depende de ti y dejar espacio para otras cosas.

La necesidad de controlar se nota de otra manera. Has revisado lo necesario, pero vuelves a hacerlo. Has delegado una tarea, pero sigues pendiente de cada paso. Te sientas a descansar, pero estás repasando cómo evitar un problema que aún no ha ocurrido.

No hay una cantidad exacta de comprobaciones que marque la diferencia. Puedes preguntarte qué te aporta la siguiente: ¿necesitas una información concreta o estás intentando asegurarte de que nada pueda salir mal?

No se trata de dejar de organizar tu vida. Se trata de reconocer cuándo organizar deja de ayudarte y aparece la necesidad de controlar para poder sentirte segura.

Mujer sentada en el suelo con las manos en las sienes, rodeada de hilos y notas

La tranquilidad que dura hasta la siguiente duda

Comprobar puede aliviar momentáneamente la incertidumbre. Recibes la respuesta que esperabas, confirmas que todo está preparado y te quedas más tranquila. Pero, a veces, enseguida aparece otra pregunta: «¿Y si cambia algo?», «¿Y si la otra persona no lo hace así?».

Quizá estés intentando evitar un error, un conflicto o una decepción. O quizá necesites saber qué ocurrirá para sentir que podrás responder. No hace falta dar por hecho que siempre hay miedo detrás: cada situación merece su propia pregunta.

Hay cosas que sí puedes preparar. También hay resultados, decisiones ajenas e imprevistos que no puedes garantizar por mucho que los repases. Reconocer esa diferencia no resuelve toda la incertidumbre, pero ayuda a ver dónde estás poniendo tu esfuerzo.

Cuando aprendimos a estar pendientes

Algunas experiencias pueden enseñarnos a anticipar demasiado. Quizá hubo momentos en los que equivocarse traía problemas, necesitabas estar pendiente del ambiente o asumías responsabilidades que no te correspondían. Eso puede influir en cómo intentas sentirte segura hoy.

No siempre viene de la infancia. También podemos aprender estas formas de responder en relaciones, trabajos o situaciones posteriores. No necesitas encontrar una única explicación para empezar a reconocer lo que haces ahora.

Si aprendiste a no molestar y estar pendiente de los demás, quizá te cueste dejar algo en manos de otra persona o permitir que alguien se incomode. Puede ayudarte observar si estás asumiendo una responsabilidad concreta o intentando que todo el mundo esté bien.

Qué notas en el cuerpo cuando necesitas comprobar otra vez

Puedes saber que estás intentando controlar una situación y, aun así, no darte cuenta de cómo estás mientras lo haces. Quizá notes la mandíbula apretada, los hombros tensos, una respiración más corta, presión en el pecho o inquietud en el abdomen. O simplemente ganas de levantarte y seguir haciendo.

Cada persona lo vive de manera diferente. Ninguna de esas sensaciones, por sí sola, explica lo que te ocurre. Lo interesante es reconocer cómo aparece en ti esa necesidad: qué cambia cuando algo queda pendiente y qué impulso surge antes de volver a comprobar.

Cuando anticipar se convierte en estar continuamente vigilando lo que podría pasar, puede relacionarse con vivir sin bajar del todo la guardia. Aquí no se trata de vigilarte más, sino de notar cómo estás.

A veces el cansancio no llega solo de las tareas, sino de seguir pendiente cuando ya has terminado. Si te cuesta parar aunque aparentemente no haya nada urgente, puedes ampliar esta experiencia en por qué tu cuerpo no consigue relajarse.

Cuando notes que necesitas tenerlo todo controlado

Prueba con una situación pequeña y cotidiana. No necesitas obligarte a «soltar el control» ni dejar de atender algo importante. Solo darte unos instantes antes de resolver otra cosa.

  1. Detente antes de actuar. Deja unos segundos antes de volver a comprobar, preguntar o hacerte cargo. Nota el apoyo de los pies o de la silla.
  2. Concreta qué estás intentando controlar. ¿Una conversación, el resultado, lo que hará otra persona o tu propia reacción? ¿Es algo que está ocurriendo o que todavía estás imaginando?
  3. Lleva la atención al cuerpo. ¿Cómo estás ahora? Observa tu respiración, la mandíbula, las manos o la postura. No busques sentir nada concreto ni fuerces una respiración distinta. Nota también si tienes impulso de moverte o seguir haciendo.
  4. Pregúntate qué buscas con ese control. ¿Sentirte segura, evitar un error, no decepcionar o no sentir incertidumbre? La respuesta puede ser otra. Date tiempo para escucharla sin decidir de antemano.
  5. Distingue qué depende de ti. ¿Qué acción concreta puedes hacer? ¿Qué parte estás intentando garantizar aunque dependa de otra persona o de algo que aún no sabes?
  6. Elige el siguiente paso. Puedes hacer lo que sí te corresponde, pedir una información necesaria o decidir no seguir resolviendo ahora algo que todavía no ha ocurrido. No se trata de dejarlo todo.

Por ejemplo, puedes enviar la información que necesita alguien a quien has delegado una tarea y acordar cuándo hablaréis. Eso es distinto de revisar cada paso para intentar asegurar el resultado. Observa qué ocurre en ti cuando haces tu parte y queda algo que no puedes garantizar.

La práctica no promete que desaparezca la inquietud. Te ayuda a distinguir la acción que necesitas hacer del impulso de seguir comprobando.

Entenderlo y reconocerlo mientras ocurre

Podemos entender perfectamente que intentamos controlarlo todo y volver a hacerlo la próxima vez que aparece incertidumbre. Una cosa es verlo después y otra notar, mientras ocurre, que estás preparando otra pregunta o que no consigues dejar una tarea.

Ahí tiene sentido practicar con el cuerpo, la atención y la respiración: reconocer cómo estás antes de seguir actuando de la misma manera. No para responder siempre bien, sino para tener algo más de espacio al elegir.

En las clases de Meditación y Neurociencia de Vida trabajamos precisamente con cosas como esta: entender qué nos pasa, reconocer cómo se manifiesta en el cuerpo y aprender a relacionarnos de otra manera con esas respuestas automáticas.

Cada semana trabajamos un tema diferente. Primero dedicamos una parte de la clase a comprenderlo y después hacemos una meditación que preparo específicamente para trabajar ese tema.

Las clases son online, los lunes de 20:00 a 21:00 por Zoom, y quedan grabadas. La aportación es de 20 € al mes.

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