Autoexigencia: cuando nada de lo que haces parece suficiente

Terminas algo y ya estás pensando en cómo podrías haberlo hecho mejor.
Recibes un reconocimiento y te cuesta creértelo del todo.
Cometes un error pequeño y ocupa más espacio en tu cabeza que muchas cosas que sí han salido bien.
A veces ni siquiera te das cuenta de que lo haces. Es una forma de funcionar tan habitual que parece normal. Te esfuerzas, cumples, respondes, intentas hacerlo bien y sigues adelante. Sin embargo, hay una sensación que vuelve una y otra vez: que todavía podrías dar más, hacerlo mejor o llegar un poco más lejos.
Con el tiempo, vivir así acaba siendo agotador.
No porque te falte capacidad ni porque no consigas cosas. Muchas personas autoexigentes son precisamente las que más logros acumulan, las que más responsabilidades asumen y las que parecen sostenerlo todo. El problema es que rara vez sienten que han llegado.

Por eso la autoexigencia no suele generar solo cansancio físico. Genera frustración. Genera tensión. Genera una sensación constante de estar corriendo detrás de una meta que nunca termina de alcanzarse.

Y cuando esa presión interna se mantiene durante demasiado tiempo, el sistema nervioso empieza a vivir en alerta, el descanso deja de ser reparador y el cuerpo comienza a pagar un precio que muchas veces pasa desapercibido.

En este artículo vamos a ver qué hay realmente detrás de la autoexigencia, por qué resulta tan difícil sentirse suficiente, cómo afecta al cuerpo y al sistema nervioso y qué relación tiene con ese agotamiento emocional que aparece cuando llevas demasiado tiempo intentando llegar a un lugar que siempre parece estar un poco más lejos.

¿Y si el problema no es lo que haces?

Muchas personas pasan años intentando mejorar.
Aprenden, trabajan, cuidan, ayudan, sostienen responsabilidades y siguen adelante.  Y eso no tiene nada de malo.
El problema aparece cuando, hagas lo que hagas, nunca termina de cambiar cómo te sientes contigo misma.
A veces la autoexigencia no se nota cuando las cosas van mal, se nota cuando van bien y aun así no consigues sentir tranquilidad.
Consigues algo que querías y aparece otra meta.
Recibes un reconocimiento y una parte de ti lo minimiza.
Alguien valora tu trabajo y piensas que quizá ha sido suerte, o que en realidad tampoco era para tanto. 
Y sin darte cuenta puedes pasar años intentando demostrar algo que nunca acaba de quedar demostrado.

Cuando un error pesa más que diez aciertos

A veces puedes recibir diez mensajes de agradecimiento y quedarte pensando en el único comentario que no fue como esperabas. No porque quieras hacerlo, sino porque tu atención se va automáticamente allí.

Y poco a poco aparece la comparación. Ves a alguien que parece más segura, más preparada o más capaz y vuelves a sentir que todavía no has llegado donde deberías.

El problema es que vivir así resulta agotador. Porque nunca hay una sensación clara de llegada. Siempre parece quedar algo más por hacer, por mejorar o por demostrar.

El miedo a no estar a la altura

Lo curioso es que la autoexigencia muchas veces no aparece cuando las cosas van mal. Aparece cuando empiezan a ir bien.

Consigues algo que llevabas tiempo buscando y, en lugar de relajarte, aparece una nueva presión. Mantenerlo. Estar a la altura. No decepcionar. No fallar ahora que has llegado hasta aquí.

Por eso muchas personas autoexigentes viven con una sensación constante de examen. Como si siempre hubiera algo que demostrar. Y cuanto más importante es algo para ellas, más difícil les resulta hacerlo con tranquilidad.

Entonces aparece el perfeccionismo. Revisas más de la cuenta. Dudas más de la cuenta. Te preparas más de la cuenta. A veces retrasas una decisión, un proyecto o una conversación porque sientes que todavía no está suficientemente bien.

No porque no seas capaz. Muchas veces es precisamente al revés. Cuanto más importante es algo para ti, más miedo aparece a equivocarte.

Y sin darte cuenta, la presión que iba a ayudarte a hacerlo bien acaba convirtiéndose en una de las cosas que más te desgastan.

Lo que la autoexigencia le hace a tu cuerpo

La autoexigencia no vive solo en la mente. También vive en el cuerpo.

Cuando pasas años intentando llegar a más, hacerlo mejor o no equivocarte, el sistema nervioso aprende a funcionar desde la presión. Poco a poco estar pendiente, exigirte o anticiparte a todo deja de ser algo puntual y se convierte en una forma habitual de vivir.

Por eso muchas personas autoexigentes tienen dificultades para descansar de verdad. Aunque paren, la mente sigue funcionando. Aunque duerman, no siempre se sienten recuperadas.

Con el tiempo aparecen la tensión muscular, el cansancio, la irritabilidad, los problemas de sueño o esa sensación de no desconectar nunca del todo.

El problema no es esforzarse. El problema es vivir demasiado tiempo como si siempre hubiera algo importante que resolver.

¿Cómo empezar a salir de ahí?

La mayoría de las personas autoexigentes intentan resolver la autoexigencia exigiéndose menos. Y normalmente no funciona.
Porque la autoexigencia no suele cambiar a base de fuerza de voluntad. Empieza a cambiar cuando te das cuenta de cuánta presión interna llevas años normalizando.
Empieza cuando detectas esa voz que siempre encuentra algo que mejorar.
Cuando reconoces que has convertido el descanso en algo que hay que merecer.
Cuando te permites terminar algo sin revisarlo diez veces más.
Cuando aceptas que equivocarte no dice nada sobre tu valor como persona.

Y, sobre todo, cuando empiezas a darte cuenta de que una cosa es querer crecer y otra muy distinta vivir sintiendo que nunca eres suficiente.

No se trata de dejar de aprender, de mejorar o de esforzarte. Se trata de dejar de medir constantemente tu valor en función de lo que haces.

Una pregunta incómoda

La próxima vez que termines algo importante, no te preguntes si ha salido perfecto.

Pregúntate otra cosa:
Si esto mismo lo hubiera hecho una persona a la que quiero, ¿la juzgaría con la misma dureza con la que me estoy juzgando yo?

Porque muchas personas autoexigentes tienen una enorme capacidad para comprender, animar y valorar a los demás. Sin embargo, utilizan un criterio completamente diferente cuando se trata de ellas mismas.

Y ahí suele aparecer algo importante, a veces descubren que el problema no es lo que han hecho, el problema es la forma en la que se hablan después.

Meditación y Neurociencia de Vida

En las clases de Meditación y Neurociencia de Vida trabajamos con cosas como esta: cómo nos hablamos, qué nos exigimos y cómo se siente en el cuerpo esa presión de tener que hacerlo todo bien.

Cada semana trabajamos un tema diferente. Primero dedicamos una parte de la clase a entender qué nos pasa y después hacemos una meditación que preparo específicamente para trabajar ese tema. Porque una cosa es entender lo que nos ocurre y otra empezar a reconocerlo y escucharlo también en el cuerpo.

Las clases son online, en directo por Zoom, y quedan grabadas para que puedas hacerlas cuando te vaya bien.

Si quieres conocer cómo trabajo, puedes probar una clase completa grabada de regalo.

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