Una amiga te está contando algo y, antes de que termine, tú ya sabes lo que vas a contestar. Incluso estás esperando ese pequeño silencio para entrar.
La miras. La oyes. Puede que hasta estés asintiendo. Pero por dentro ya estás preparando tu respuesta.
Y cuando llega la pausa, empiezas a hablar. ¿Había terminado? ¿Has entendido lo que quería contarte o has encontrado el momento para decir lo tuyo?
Hay veces que, sin darnos cuenta, escuchamos más con la intención de responder que con la de entender.
No siempre se nota desde fuera. Podemos estar calladas y, al mismo tiempo, pensando por qué la otra persona está equivocada, recordando algo parecido que nos pasó o buscando la solución que vamos a darle.
Estamos oyendo sus palabras, pero una parte de nuestra atención ya se ha ido a lo que queremos hacer con ellas.
Cuando nuestra respuesta se adelanta
Tu amiga empieza a contarte que está teniendo una semana horrible. Todavía está explicando lo que ha pasado y tú ya piensas: «Pues espera que te cuente la mía…».
En cuanto hace una pausa, entras: «Eso no es nada. A mí me pasó algo muchísimo peor».
A lo mejor querías que se sintiera acompañada. Mostrarle que tú también has pasado por algo así. Pero ahora está escuchando tu historia y la suya se ha quedado a medias.
Compartir lo que nos ha ocurrido puede tener mucho sentido. Lo que merece la pena mirar es cuándo lo hacemos. ¿Lo que voy a contar ayuda a entender lo que esta persona está diciendo o me estoy llevando la conversación hacia mí antes de que termine?
También podemos adelantarnos con un «eso nos pasa a todos», una broma para quitar importancia o un consejo que todavía no nos han pedido. Nos parece que ya sabemos de qué nos están hablando y respondemos sin haber escuchado qué tiene de particular para esa persona.
Una amiga te cuenta un problema en el trabajo y enseguida empiezas: «Lo que tienes que hacer es hablar con ella», «Yo pondría un límite».
Pero puede que aún estuviera intentando explicarte qué le pasa. Quizá lo más importante venía después de esa pausa en la que tú has empezado a resolverlo.
A veces hacemos todo esto porque no sabemos qué decir. Nos resulta más fácil ofrecer una solución que quedarnos escuchando sin tener todavía una respuesta.
No siempre necesitamos tener una respuesta para poder escuchar.
Hay un texto de Ralph Roughton sobre la escucha que me gusta especialmente porque expresa algo muy sencillo que muchas veces olvidamos. Cuando alguien nos cuenta lo que le pasa, enseguida queremos ayudar: damos un consejo, buscamos una solución, intentamos quitar importancia a lo que siente o explicarle por qué no debería sentirse así.
«Todo lo que te pido es que me escuches.»
— Ralph Roughton, «On Listening».
A veces eso es exactamente lo que necesita la persona que tenemos delante. Que podamos quedarnos ahí el tiempo suficiente para escucharla, sin tener que resolver lo que le pasa ni encontrar inmediatamente las palabras adecuadas.
Después podemos preguntarle si quiere nuestra opinión, si necesita ayuda o si quiere que pensemos juntas qué hacer. Pero primero podemos darle la oportunidad de terminar.
Al dejar ese espacio también podemos percibir algo más que las palabras. Alguien te dice «estoy bien», pero hace una pausa, baja la mirada o cambia el tono. Eso no nos dice automáticamente qué le pasa. Puede ayudarnos a preguntar: «¿Estás bien?», y darle tiempo para responder sin decidir por ella lo que siente.
Si estamos pendientes de entrar, es fácil que todo eso se nos escape.
¿Desde dónde estoy escuchando?
Hasta aquí parece fácil cuando lo que nos cuentan no nos toca demasiado. Pero ¿qué pasa cuando algo nos molesta, nos duele o nos hace sentir cuestionadas?
Alguien te dice: «Ayer, cuando te estaba hablando, sentí que no me hacías caso».
Y mientras continúa, tú ya estás preparando la explicación: estabas cansada, tenías muchas cosas pendientes, no te diste cuenta, tampoco era el mejor momento.
Puede que todo eso sea cierto. Pero fíjate: la otra persona todavía está intentando decirte cómo lo vivió y tú ya estás ocupada en demostrar que tenías motivos.
En ese momento, ¿estás escuchando lo que te está contando o estás preparando tu defensa?
No escuchamos igual cuando estamos tranquilas que cuando sentimos que tenemos que protegernos de lo que nos dicen. Si una frase nos ha dolido, podemos quedarnos enganchadas a ella y perder lo que viene después. Si nos parece injusta, empezamos a buscar el argumento con el que responder.
Y entonces la conversación puede convertirse en dos personas explicándose, sin que ninguna termine de escuchar a la otra.
Por eso también importa reconocer qué nos está pasando mientras escuchamos.
«Esto me ha dolido».
«Me estoy poniendo a la defensiva».
«Tengo unas ganas enormes de interrumpir».
«Quiero demostrarle que está equivocada».
No hace falta dejar de atender a la otra persona y ponernos a analizar todo lo que sentimos. Basta con darnos cuenta de que nuestra respuesta ya se está poniendo en marcha. A veces lo notas porque te aceleras, te tensas o estás conteniendo las ganas de hablar.
Reconocer qué nos está pasando, también a través del cuerpo, es algo que trabajamos en las clases de Meditación y Neurociencia de Vida.
Reconocerlo puede ayudarte a volver a lo que te están diciendo, sin convertir esas ganas de defenderte en una interrupción.
Puedes tener cosas importantes que decir. Escuchar no te las quita. Te permite decirlas después de haber entendido mejor a qué estás respondiendo.
Y si te has perdido una parte, puedes reconocerlo: «Me he quedado pensando en lo que has dicho antes. ¿Puedes explicarme esta parte otra vez?».
Entender no es dar la razón
Hay algo que a veces nos dificulta mucho escuchar: sentimos que, si dejamos hablar a la otra persona y tratamos de entenderla, estamos aceptando lo que dice.
Pero escuchar y entender no es lo mismo que dar la razón.
Puedes comprender que alguien se sintió apartado sin estar de acuerdo con que tú quisieras apartarlo. Puedes entender por qué se enfadó y, después, explicar cómo viviste tú lo que ocurrió.
Volvamos a esa conversación: «Ayer sentí que no me hacías caso».
Si respondes enseguida «eso no es verdad», empiezas a discutir su experiencia antes de saber qué hizo que se sintiera así.
Si preguntas «¿en qué momento lo sentiste?», puedes enterarte de algo que no habías visto. Quizá miraste el teléfono mientras te contaba algo importante. Quizá respondiste a otra persona y luego no retomaste lo que estaba diciendo.
Entender eso no te obliga a aceptar cualquier conclusión sobre ti. Te permite distinguir lo que ocurrió, cómo lo vivió y qué necesitas explicar tú.
A veces dejamos de escuchar en cuanto aparece una frase con la que no estamos de acuerdo. A partir de ahí, buscamos dónde se equivoca. Podemos acabar ganando una discusión y seguir sin entender qué estaba intentando decirnos.
Escuchar también es dejar sitio a algo que todavía no sabemos. Aunque conozcamos mucho a esa persona. Aunque nos haya contado otras veces un problema parecido.
Podemos creer que ya sabemos cómo terminará la frase y no llegar a escuchar lo que esta vez era diferente.
Prueba a escuchar hasta el final
Esta semana, elige una conversación cotidiana y prueba a escuchar hasta que la otra persona termine.
Mientras habla, fíjate en cuándo aparecen las ganas de interrumpir, aconsejar, defenderte, contar tu experiencia o solucionar lo que te está diciendo.
Primero reconócelo: «Ya estoy preparando lo mío».
No tienes que luchar contra ese impulso ni dejar la mente en blanco. Vuelve a lo que está contando. Si hace una pausa, deja un poco de espacio: quizá está buscando cómo decir algo y todavía quiere continuar.
Cuando termine, comprueba si has entendido antes de responder. Puedes decir: «¿Quieres decir que lo que más te ha dolido ha sido que no te avisaran?». O preguntar por esa parte que no te ha quedado clara.
No hace falta repetir cada frase. Se trata de comprobar si lo que tú has entendido se parece a lo que quería decir.
Después habrá espacio para tu opinión o tu experiencia. Y puede que tu respuesta cambie porque ahora has escuchado algo que al principio todavía no sabías.
No siempre nos daremos cuenta a tiempo. También podemos volver a una conversación diciendo: «Me he puesto a contarte lo mío y no te he dejado terminar. Sigue, te escucho».
Escuchar es ofrecer ese espacio. Que la otra persona pueda terminar lo que quiere decir sin tener que competir con nuestra historia, nuestro consejo o nuestras ganas de tener razón.
A veces no tenemos que arreglar nada. Podemos simplemente estar ahí y escuchar. Escuchar así es uno de los regalos más generosos que podemos hacerle a otra persona.
Esta semana, prueba a hacerlo. Y observa también qué ocurre en ti cuando, por un momento, dejas de preparar lo que vas a decir.

